miércoles, abril 11, 2007

La Capilla de Nuestra Señora de las Revelaciones de Santa Fátima.( De locuras, fatalismos y otros demonios)


Fuimos a misa. Bueno, fue mi madre; yo solo fui de acompañante. Si bien, para los cristianos son épocas de reflexión y de comunicación cósmica con Dios, para mí, estas fechas, de religiosidad consuetudinaria, son excusa para estrechar lazos familiares.
Nos dirigimos a la Capilla; perdón, se dirigió mi madre, yo sólo era su guía. Era la Capilla de Su Señora de las Revelaciones de Santa Fátima donde realizarían la ceremonia. Templo de nombre rimbombante que soslaya su condición ruinosa en la que se encontraba. Pobre y pequeña iglesia, diseño de infante, edificación de madera, techos de corroída calamina, portón descuadrado y nido de polillas, rosetones sin vidrios que los rematen, muros golpeados por el tiempo, los hombres y el diablo, pintura reseca-in-colora que desnuda la pobreza de su infractructura, tablas endebles disfrazadas de mesones y bancas y, una cruz oxidada que saluda a los peregrinos a su llegada.
Arribamos a la Capilla, en realidad, arribó mi madre; yo sólo buscaba acomodarla. Mi madre se sentó y esperó el rito. Yo no me senté. Tampoco esperaba el rito, sólo pensaba: “este lugar no ha cambiado en nada”. Todo estaba intacto, igual que hace 11 años. Aún mantenían a los ángeles, vírgenes y santos cubriendo los orificios de las murallas. El Cristo crucificado, era el mismo de tiempo atrás. Estaba bien conservado. Misma cara de resignación. Mismo cuerpo ensangrentado, desnudo y flagelado.
Iguales personas son las que acompañan a la Capilla. Idénticos feligreses realizan los mismos rituales de Semana Santa. Encontramos a las ancianas abandonadas, de cuatro o cinco dientes, cabellos empolvados, cuerpos jorobados, vestidas gracias a la beneficencia y sobrevivientes de pensiones vergonzosas. Abuelas que consagran su vida a la subsistencia del Templo. No tienen nada para sí. Lo tienen todo para su Capilla. También hay niños. Pequeños y delgados muchachos, desnutridos algunos, sucios otros, sonrientes la mayoría. Pululan, indiferentes al ritual, por los escasos espacios que entrega el salón. No hay jóvenes, nunca los ha habido, pero si hay borrachos y drogadictos con “aroma” a pasta base, vino añejo y otros venenos; comúnmente se separan de los ritos, es imposible traerlos con nosotros, sus miradas, se pegan al techo buscando desintoxicarse vía ruegos divinos o auto-exorcismos. Esa es la comunidad cristiana que alberga esta Capilla. Anónimos mortales, humildes pueblerinos sin sueños ni proyecciones, vidas a tropiezos, de pocas alegrías, penas por montones, cristianos excluidos del cielo y el infierno; a quienes no llegan las encíclicas papales; ni conocen de príncipes religiosos, creyentes no aceptados por la Teología de la Liberación ni menos por los discípulos de Balaguer. Simplemente menesterosos que encuentran amparo en una Capilla tan arruinada como las espíritus de quienes la visitan.
A pesar del hambre, la denigración y la ruina en que están sumergidas estas almas, igualmente, participan en los rituales de alabanzas a Dios, a la Virgen y a cuanto Santo exista; intervienen, vivamente, en cada una de las costumbre religiosas: Señales de la cruz: “En el nombre del padre, del hijo y...”. Exculpaciones por pecados cometidos: “Perdón Ohh Dios Mio, por prostituir para comer; matar para subsistir o procrear para abandonar”. Peticiones al Altísimo: “Padre, danos algo para comer, para vestir o para soñar”. Cánticos populares desentonados: “Cordero de dios, que quitas el pecado..”. Todo ello, acompañado de momentos de profunda reflexión, auto-hipnosis espiritual, posesiones divinas, fascinantes conversiones de pagano a profeta contemporáneo.
Pero el cumplimiento de las formalidades cristianas no es lo que destaca a esta Capilla sino quienes la forman., los pobres. Los hijos predilectos del Dios cristiano. Es por eso que los humildes sienten, por primera vez, serán tratados como personas, seres con dignidad, criaturas iguales en oportunidades y derechos; individuos libres; mujeres y hombres en su estado natural, sin más limitaciones que las establecidas por el Dios de los Pobres ya que los reyes y terratenientes, en la Capilla, no alcanzan a gobernar.
Lamentablemente, el reconocimiento de los derechos a los menesterosos dura únicamente lo que persiste el ritual, una vez que el sacerdote los despide, vuelven al infierno que les han impuesto; retornan a su trato de sub-humano; regresan a sus casas para seguir sometidos a indolencias políticas, leyes abusivas, discriminaciones gubernamentales. Más abusos, más humillaciones, más condenas sociales. Porque el Dios de los Pobres sólo rige en el cielo y en la pequeña Capilla; y en el resto del mundo siguen gobernando los mismos hombres que lo han hechos durantes miles de años.
Por nuestra parte, y después de hacer los ademanes religiosos correspondientes, nos retiramos de aquel divino lugar. Bueno, se retiró mi madre, porque yo sólo venía de acompañante.