lunes, junio 11, 2007

El Manzano( De Locuras, Fatalismos y otros Demonios)


Recostado, observo inútilmente el cielo. Un momento de ocio, culpable pero necesario. Estoy solo en la habitación acompañado por un par de sombras extraviadas y mi respiración cada vez mas vigilada. Mi mente compele que observe, atentamente, el desapercibido triangulo virtuoso: 1) inspiras y vives; 2) exhalas y mueres; 3) inspiras, nuevamente, y resucitas. Fluctuaciones de estados que atraviesan desde el infierno de Dante hasta el “Garden of Eden “de Dylan, todo en tres segundos. Mismos segundos que recorrió un infante, y que vivió, en carne propia, los tres estadios del triangulo virtuoso recién descrito y que ahora me presto a relatar.
Un muchachito de endeble complexión física acompañó a su madre a los predios donde estaban los árboles frutales. El pequeño gustaba de ir con su mamá a tal lugar, ya que, por un lado, gozaba de sus afectuosos cariños maternales, signos propios del envenenamiento del mal de Edipo, y por otro, la incipiente tentación a restarse de lo correcto y descubrir el placer de lo errado.
De todas las arboledas existentes en aquel lugar, había un árbol que se destacaba sobre los demás. Era un longevo Manzano, que a duras penas sus raíces lo sostenían, y cuya copa el viento, los buitres y los hombres habían desnudado por completo, no obstante, su manifiesto deterioro, tenía la virtud de producir uno de los frutos más extraños que se haya visto, en cuanto a su fisonomía y sabor se trataba. En el Vulgo sabían que eran manzanas porque, obviamente, son esas las hijas que pare tal árbol, pero lo raro de su estructura y sabor los hacían dudar. Quizás no era un manzano decían algunos. Quizás ni siquiera era un árbol especulaban otros.
Resulta entendible que la condición de anormalidad de aquel árbol hubiera infundido temor a los campesinos; el Manzano se convirtió en una especie de Zigurat para ellos, y por eso decidieron pactar con aquel árbol que no provocarían daño alguno a sus raíces, corteza, hojas y ramas además de asegurar que no sería molestando de forma alguna; el Manzano aseguraría, supuestamente, a los inocentes lugareños, aprovecharse, permanentemente, tan inhóspitos pero preciados frutos.
Pero aquel día, el temor reverencial que se le debía al Manzano fue pasado en alto por aquel muchachuelo. En aquella oportunidad, su madre le pidió que tomará sombra debajo del imponente árbol, situación que el pequeño acató. No obstante, la debida obediencia se acabó tan pronto el pequeño diviso que en la cima del árbol colgaba una de aquellas añoradas manzanas, cuya extrañas características instaba a los sentidos adueñarse de sus virtudes indescriptibles. Lamentablemente lograr tan deseada joya suponía escalar el Manzano infringiendo una regla consuetudinaria impuesta y atenerse a las consecuencias inciertas. Pero el muchachito, que poco y nada entendía de reglas, y menos con ese grado de misticismo, añadido a lo tentadora que era esa manzana, motivo al menor para escalar el Manzano. Fue así que el niño comenzó, cuidadosamente, a subir por tronco hasta llegar a la cumbre donde la pecadora manzana se encontraba, la tomó, bajó lentamente, pero de la nada, un fuerte movimiento del Manzano despojo al muchacho cayendo en picada hasta que una rama, como lanza arrojada por Paris, atravesó su cavidad abdominal, quedando suspendido con la rama atravesando su cuerpo. La rama-lanza evito su caída pero impetro un dolor inmemorial al menor. El pobre muchacho intentaba pedir auxilio, sollozaba el nombre de su madre, pero el viento y las ramas del árbol se encargaban de acallarla. Pasaron unos minutos y el muchachito se quedó sin más fuerza iniciando una peregrinación hacia su muerte; alucinando imágenes, escuchándose voces, saboreando y oliendo a sangre y sintiendo ese extraño sudor frío. No habría mas triangulo virtuoso, sólo una última inspiración; una exhalación mas y después habría que saludar a la muerte.
Por suerte un grito rompió el desenlace y resucitó al muchacho. Ese grito vino de su madre quien había encontrado el cuerpo semi inerte de su prole, pero extrañamente, en vez de tratarlo con dulzura, lo tomó de unos de sus pies, y lo tiro con fuerza hacia el suelo, arrebatándoselo de las lanzas del Manzano. Ella no consoló a su amado hijo, sino lo reprendió por su desobediencia tanto así que después de llevarselo a la posta rural, donde curaron sus heridas, lo trajo a su hogar y lo castigo por el resto del verano. Aunque, obviamente, el pequeñito no tenía ninguna intención de volver al predio y en particular encontrarse con el infanticida Manzano.
Aún sigo solo en la habitación, acompañado con mis sombras y mi atenta respiración. Esa historia me hizo recordar cuan preciado es el desapercibido triangulo virtuoso. Tan simple y vital: inspiras y vives, exhalas y mueres, inspiras y resucitas. Es difícil olvidar el ritmo del triangulo virtuoso pues cada vez que toco mi cicatriz al costado de abdomen me hace recordar cuan cerca estuve de quedarme sólo hasta la exhalación.