domingo, septiembre 09, 2007

Samán (De Locuras, Fatalismos y otros Demonios)


Todo conocimiento, aún el más técnico que se haya generado en el vertiginoso, cuasi suicida, siglo XXI, ha encontrado su piedra filosofal en aquello que originalmente nos resulta irracional y absurdo. La historia del ser humano, sus cuentos y mitos han revelado que nuestras verdades terrenales provienen de entes celestes y custodias divinidades que detentan los secretos del universo cognitivo. Ahora, para despojar a las deidades de tales propiedades epistemológicas, es necesario, emprender un viaje etéreo y perenne, perdido en tiempo-espacio, forzando al inmolado explorador a desprenderse de su razón, carne y alma para alcanzar la anhelada ascensión trans-personal. Pues bien, yo tuve la fortuna de conocer a un tipo de aquellos que lograban transitar entre el mundo visible del conocimiento y el ilógico cosmos del secretismo mágico-espiritual.
En postrimerías de mi práctica profesional, la jefatura me ordenó que asistiera legalmente a los aldeanos de un pueblo del altiplano chileno, en la localidad de Colchane, a 3.000 metros de altura, sobre el nivel del mar. No era novedad que concurriera a un lugar tan apartado de la civilización ya que desde un principio mi práctica leguleya me forzó a viajar a distintas zonas inhóspitas de la región, aunque reconozco que este desplazamiento rutinario tendría un inesperado giro.
Al llegar al pueblito enclaustrado entre volcanes no divisé que difiriera de otros lugares que hubiera visitado precedentemente, mismas casas de adobe a medio morir levantadas, iguales vehículos de segunda mano sacados del contrabando boliviano, idénticos funcionarios de aduana hastiados del frío, el polvo y la soledad, misma gente nativa curiosa-asustadiza de los citadinos, extranjeros y otros invasores foráneos. No obstante, este villorrio tenía su particularidad, ellos poseían a un chamán. Así es, los aldeanos poseían un chaman, al menos eso decía mi abogado en jefe, que sabiendo que me encantaba degustar de aquellas cosas ilógicas, absurdas y tontas inscritas en el “sub-mundo” me azuzaría lo suficiente para acompañarlo en tal largo y castigador viaje y de esa manera conocer al mítico sujeto que tan alardeaba mi guía.
En un comienzo, pensé que sólo sería una triquiñuela bien estructurada de mi jefe para que lo siguiera hasta aquel retirado pueblucho, percepción que se acrecentó una vez instalado nuestro stand en la sede social sólo veía la costumbrista celebración de autoridades gubernamentales y locales con cruzados reconocimientos hipócritas para fines puramente electorales; además de los típicos contrabandistas y traficantes que intentaban conseguir alguna franquicia de los comensales. Lo único fuera de lo común era un viejo gordo, aparentemente natural o por lo menos residente de esa villa, casualmente bien vestido, con un clasista sweater Lacoste azul, atareado entre atender a su celular, a las autoridades regionales y su lap-top donde posiblemente escribía la frase de: “el progreso, un carnívoro insaciable” ¿Y el chamán?, quizás embalsamado en el museo del pueblucho, porque a la sede no se apersono.
Habiendo perdido la esperanza de encontrar a aquel mágico sujeto; el vocero de la Intendencia, algo mareado por la puna (efecto negativo al organismo por la falta de oxigeno) o por el pusitunga (alcohol puro de 50 grados) declaró que antes de clausurar la plaza ciudadana, el chaman de esa localidad daría el agradecimiento a la Pachamama (diosa y madre de la Tierra). Obviamente mi alegría, ya en instancia casi pendeja, se revivo, ¡por fin conocería al médium de los vivos, los muertos y los no tanto.¡ Lamentablemente ese mismo goce pasó a franca decepción al darme cuenta que el chaman no era otro que aquel nativo prospecto de fucking-brocker financiero rural. No quedo otra opción que la conformidad.
Lo primero que hizo nuestro post-moderno chaman fue deshacerse de sus ropas, odiosamente occidentales, para atravesar su tronco con medio poncho de vivos colores: rojo, verde, violeta y amarillo, hecho de lana de alpaca, mismo material y tonos usados para un vistoso gorrito que cubría hasta sus orejas y un cinturón con alusiones de líder en el cual colgaba un par de pospones; vestiduras que provocaron la mitad de un cambio meta-morfológico en su actitud de Wall Street Light Ejecutive logrando ganarse la medianía de mis respetos. Rendición, que en todo caso sería completa, al presenciar los acontecimientos siguientes.
Lista toda su ornamentación, se colocó en el centro de la sede, construyendo lentamente un entorno de hojas de coca a manera de círculo de protección; bebiendo el corrosivo pusitunga, alabando a la Pachamama y cuanto dioses Aymaras existan, danzando, cantando y conjurando; transportándose al antropológico “mal chamanico”; crisis sico-espiritual; episodio anarquista de la conducta; sacrificio necesario para que los espíritus permitan al forastero transitar sin reparos por el infra mundo. Lúgubre destierro; génesis del conocimiento; territorio de curación de enfermos; instancia de oráculo; sendero de almas perdidas, trayecto que sólo el chaman sabe como recorrerlo y no quedar atrapado en él; herencia petrificada en el subconsciente, dotes impuestos y con el tiempo perfeccionado apoyado de alucinógenos y cuanto otra toxina que la naturaleza a concedido a sus hijos predilectos; ese es el chaman, él y sus artificios, aquel leí en cuanta novela se mencionara y, que en ese momento, tuve el placer de conocer.
El trace duró unos minutos y el zamarreado neo-chaman volvió al parsimonioso mundo de los vivos, tan pronto retornó en sí se despojó de su sagrada armadura y tomó nuevamente su celular. Esto último no importaba, él era un verdadero chaman, de aquellos que hacen honor a la descripción etimológica tungusa, el samám, “el que sabe”, persona capaz de recordar y comprender todos los códigos externos de este mundo y del otro también, eso me basto para llenar me curiosidad inútil. Después de tak espectáculo aproveche de beber dos pequeños vasitos del pusitunga para desvanerme en el jeep hasta despertar recién con las encandilantes luces de la metrópolis.