martes, octubre 16, 2007

La Torre de Babel I (De locuras, Fatalismos y otros Demonios)



“Y la tierra tenía una misma lengua y usaban las mismas palabras. Los hombres en su emigración hacia oriente hallaron una llanura en la región de Senaar y se establecieron allí, diciéndose unos a otros: Hagamos un lugar de ladrillo y cozámoslo al fuego. Se sirvieron de los ladrillos en vez de piedras y de betún en lugar de argamasa. Luego, señalaron: Edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo. Hagámonos famosos y no estemos más dispersos sobra la faz de la Tierra. Pero Yahvé descendió de los cielos y examino la torre que levantaba los hombres y dijo: He aquí que todos forman un solo pueblo y todos hablan una misma lengua, siendo este el principio de sus empresas. Nada les impedirá que lleve a cabo todo lo que se propongan. Pues bien, descendamos y allí mismo confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan los unos con los otros”. (Génesis 11, La Santa Biblia)
Tenía que buscar algún culpable, alegaba en aquel momento de angustia; si no era Yo, por mi impericia lingüística; Dios tendría que ser el imputado, por haber confundido las lenguas de los hombres; y si no era él; Nemrod por jugar tiró al blanco, con tan poca puntería, en contra de las sentidas y vengativas divinidades.
El lenguaje, cualidad intrínseca del hombre, propiedad especializada y compleja de precarias colectividades, símbolos distintivos de emergentes culturas, herramienta de sometimiento de omnipotentes civilizaciones, en fin, expresión básica y esencial del sincronismo divino-mortal, los dioses concedieron el lenguaje, los hombres su entendimiento y dominación. Comunicación=signos+entendimiento=dominación, quien no comprende, no somete, y si no subyugas, mueres o te esclavizas. Pues aquello me ocurrió un día cualquiera; no entendí, menos domine, acaso, apenas sobreviví de una embarazosa situación.
¿Habrá sido 5 o 6 años atrás? un detalle sin importancia, relevante sólo el recuerdo con nitidez de la invitación a cenar de mi peregrina amiga oriental, Masae. Una mezcla compelida por los genes y por el ambiente, paternalmente japonesa, maternalmente taiwanesa pero occidental hasta las entrañas, de atributos voluminosos, sólo semejantes a reina de Java o sus similares africanas, de sensualidad propia sudamericana, pero de inteligencia y disciplina estrictamente asiática. Fue ella quien me invito a una comida típicamente oriental y, obviamente, acepte la invitación.
Aquel día, la diversidad de personas que acompañaban la mesa se mimetizaba con la variedad de alimentos exóticos que ofrendaban a la noche; el típico sushi nipón, acompañado de un tibio sake, conjugado con sabores chinos, fideos, arroz sin sal, cerdo bañado en soya hirviendo, pescado y vegetales de nomenclaturas indescifrables, un desorden de colores, degustaciones y olores bien encajados. ¿Y los comensales?, otra conjunción de dicotomías; un agregado económico japonés, un par de obesas mujeres taiwanesas, un dúo de jóvenes comerciantes chinos y una azafata coreana.
En toda la noche, habré probado un par de trocitos de sushi y una tajada de cerdo en soya, quizás mi falta de apetito era azuzado por el paisaje humano digno de observar atentamente. En la cabecera de la mesa estaba el anciano agregado consular, que gracias a su balancear, quizás por sueño o por necesidad, permitía mantenerlo cerca del plato, o dentro de él; a los costados se encontraba las gordas mujeres taiwanesas que con capacidad circense se llenaban la boca de comida mientras soltaban frases a gran velocidad, subiendo paulatinamente la voz a medida que subía los efectos del traicionero sake y, los muchachos chinos más pendientes de las piernas de la azafata coreana y del escote de mi amiga. Todo un espectáculo, sublime. Sublime, hasta que mis grandes ojos escudriñadores o simplemente mi falta de apetito manifiesto llevo a que los asiáticos comenzarán a mirarme, analizarme, desnudarme, fue un momento de incomodidad, pero que sabía que terminaría en unos minutos.
Pero pasaron los minutos y el lapsus de molestia no acababa, al contrario se profundizó, se asomó el desagradable comentillo y las risas furtivas; y de furtivas a cómplices, hasta que de manera unísona sobresalió la risotada, de aquellas que golpean y humillan. ¡Gabriel, otra vez, el centro de las humillaciones, aún tan livianas y banales como ésta, pero de qué mierda se ríen tanto, ¡ alegaba mi subconsciente, es que no podía deducir que era lo tan gracioso, bueno, obvio que no entendía, no hablaba ninguna de sus desiguales lenguas nativas. ¡Gabriel, el Nemrod versión 2,7, rey de los tontos¡ (king for a day fool for a life time) solo sobre su Babel, que se desmorona con sin honor y dignidad. No sabía que hacer, si retirarme o simplemente tomar mis palitos y enterrárselos en sus gargantas, pero me decidí algo más "polite", pregunte a Masae. ¿Por qué se están riéndose de mí? Y ella contestó, risueñamente: No lo se, en realidad yo poco entiendo de las idiomas que hablan, es más, me atrevo a decir que nadie, en esta mesa, entiende una palabra del otro, hay unos que hablan japonés, otros chino mandarin, otros taiwanes y la otra coreano, así es imposible saber lo que dicen. Al escuchar tal respuesta, simplemente, me quede enviudo en el vació propio de la ignorancia y después de hacer un ademán continué comiendo cerdo con soya mientras ellos seguían riéndose a morir.