domingo, noviembre 25, 2007

Divan Japonais. Primera Parte (De Locuras, Fatalismos y otros Demonios)


¿Qué me inhibió para seguir escribiendo?, tantas razones con sones de malas excusas y tontas justificaciones; stress, pereza o simplemente falta de inspiración. Lo último, lo más grave, sin motivación cognitiva-emocional, no hay idea, sin ella, no existe mensaje y, por tanto, no hay creación; sin obra, no hay Gabriel; sólo rutina, aburrimiento y desaliento; circulo imperfecto al cual comenzaba acostumbrarme.
Tal era mi resignación que ya no forzaba a mi inconcientes que buscará, nuevamente, el mundillo absurdo paralelo en le cual convivía, y que al parecer abandone. Eso hasta que en un usual día de trabajo emergió una figura, de aquellas patéticas y grotescas, que tanta gracia me causan y que permiten a mi juicio lucubrar alguna historia.
En esos días de huelga de la Administración, aquellos que ocupamos puestos de jefatura, por ende, vedados del derecho a paralizar, nos vimos obligado a cumplir roles del vasallaje, redactando Memos, contestando teléfonos, limpiando escritorios, propios y ajenos, solucionando problemas domésticos inmemoriales a nuestros súbditos, en fin, soportando mismos castigos que el funcionario-esclavo-público debe lidiar todos los días. Aquella semana de reivindicaciones salariales para burócratas, el Director de Asesoría Jurídica decidió enviarme a fiscalizar bares, burdeles y puteríos varios.
Los resultados de las inspecciones sanitarias fueron las de esperar, no era necesario tener un oráculo para saber que tendría que multar a los administradores de esos locales por las condiciones higiénicas de baños, cocinas y utensilios. Nada interesante de relatar, si no fuera por el último burdel parapetado en el casco antiguo de la ciudad.
Habría sido difícil para mis sentidos encontrar el destino trazado; no había indicio que presumiera la existencia de algún establecimiento de comercio; no habían letreros pintados con nombre de burdel ni mucho menos luces de neón; no escuchaba la típica música que ambientan esos lugares ni los gritos agudos de felicidad y de borrachera que terminan de adornar este tipo de espectáculos; sino fuera por la experiencia y experticia de mi chofer-guardia no hubiera podido ubicar nunca ese lugar. Así fue, tan pronto ubicamos la “casa de citas”, nos adentramos raudamente hacia aquel lugar.
El prostíbulo se escondía detrás de la fachada de una casa de época, de aquellas que fueron propiedad de familias peruanas pero abandonadas al término de la Guerra del Pacífico. En la puerta, nos esperaba, al parecer, la Madam; una vieja obesa, de tez morena, caballera blanca cuasi transparente, vestida de tiras negra, ajustada lo suficiente para permitir el éxodo de la carne sobrante y embetunada en maquillaje. Fue nuestra Madam quien nos saludo afablemente, lástima, que mi respuesta no fuera tan cortés ya que exhibí mi sacramental cédula funcionario, al ver tal instrumento, la pobre señora comenzó a temblar, permitiendo, sin reparos, la entrada a su palacete.
Adentrados en el profundo y angosto pasillo de la casa, alcancé a oír un sonoro y pintoresco bolero acompañado de carcajadas desvergonzadas que fluían de forma tenue pero constante; ruidos que se acentuaba a medida que nos acercábamos al hall, azuzando nuestros andar para escudriñar el show insinuante que delataban los sonidos de esa casa.
Al final del pasillo había un amplio salón, pintado, adrede, de rojo pasión, con una docena de mesitas que con dificultad albergaba una vela y un botellón de vino, conjugado con un sostenido hedor a gónadas, vino tinto y colonias imitaciones chinas. Paisaje desalentador, no obstante, repleto de hombres de presencia no muy respetable, seguramente, ruines asesinos confundidos con otros asaltantes de poca monta, un par de infaltables borrachos eternos y otro par de señores bien vestidos que por respeto a sus familias me reservo sus identidades; todos ellos intentando seducir a mujerzuelas, naturales y extranjeras, entradas en edad y carne, a penas vestidas, dispuestas a satisfacer necesidades carnales de sus clientes a cambio de una exigua dadiva.
Moulin Rouge criollo, nido de instintos básicos, representación fiel del ser humano y su decadencia, alegrías a-morales, sexo violento, genitales endiosados, libertinaje excarcelado, olvido efímero de dolores, pobreza y soledad, sustituto falso pero efectivo del amor, del odio y otros sentimientos opresores y lastimeros, sincronismo de clases sociales, cueva libre de clasismo, sincronismo social de intereses, beber, reír, cantar y meterlo, cartel perfectamente pintado (pitonisado) por Toulouse-Lautrec, putas, bailes, cantos, colores vivos en un ambiente oscuro, en fin, un lugar distantes de penas y necesidades costumbristas, un lugar perfecto para narradores frustrados.
Pero para merecer aquel burdel ser una obra del majestuoso Lautrec requería de la figura femenina que representará su opera prima, “reine de joie”, la hembra que disloca los cuellos de caballeros y señoritos, que acapara miradas y sueños lúbricos. Faltaba la presencia de la Divan Japonais y con algo de suerte estaría a punto de conocer.