domingo, diciembre 02, 2007

Divan Japonais. Segunda Parte. (De Locuras, Fatalismos y otros Demonios)


Música popular pirateada, carcajadas femeninas-estridentes, piropos patriarcales y vulgares, gritos de vejación y borrachera, sobras de vino barato, condones re-utilizados, sexo-descuidado, prostitutas violentadas, delincuentes cercados, borrachos perdidos y ejecutivos acabados; la Madam nerviosa (sin “e” final, ¡por favor¡), camareras emigrantes ilegales sin contrato ni pasaje de vuelta, intrusos extraviados, chofer-guardia impaciente, Gabriel complaciente, mosaico placentero enmarcado en una habitación improvisada, de un lunes a media día o media noche, ¡qué importa el tiempo¡ o el humo del cigarro de contrabando o el pito paraguayo, ¡qué valen¡ las manchas de sangre en las paredes o el gato sobre la barra; ¡que importa¡ el dinero, el conservadurismo o el sumario sanitario, las leyes o el parsimonioso digno-trabajo, todo carecía de valor, salvo una cosa, disfrutar el esperado espectáculo.
Madam hace un ademán castrense a una de sus cortesanas empleadas y sugiere traer vino en copas primerizas para sus indeseados invitados. Asentimos al ofrecimiento, aunque preferí no beber las uvas de cicuta, simplemente ver en el movido licor rojo el reflejo deformado de mi rostro y exclamar qué estoy haciendo acá, para luego recordar que llevo 27 años preguntándome lo mismo, así que eludí el reproche moral para volver mi atención hacia Madam, quien presentaba el show principal.
De pronto, todas las miradas se vertieron hacia la anfitriona y al precario escenario, se silencio, de golpe, los ruidosos chillidos, encaminando todas las fuerzas presentes a la ansiada revelación que emergería tan pronto terminará la estudiada introducción.
La intro terminó y, de los parlantes se descolgó una dulce-asesina voz, murmurando ¡she makes me wanna die¡ exaltando a los señores, permitiéndoles alucinar libidinosamente y, esperando la muestra empírica de aquellas palabras.
La comprobación llegó, acompañando, de un segundo sonoro ¡she makes me wanna die¡, apareciendo en las tablas una figura espigada, escuálida pero con cierto desarrollo muscular en las extremidades, vestida de elegante negro, con audaz traje de dos piezas, falda rasgada que exponía sus grandes y firmes piernas, forradas en medias a cuadros tejidas por araña y, asomando, en su muslo, una insinuante liga escarlata, tan provocativa como el escote que traslucía su prominente pero inmóvil busto. Rostro de rasgos marcados y poco agraciado, de nariz sobresaliente, pequeña boca corregida con pintura grana e, irreconocibles cicatrices, seguramente, producto de la rudeza sexual a la cual debe someterse; marcas que se distinguen con mayor nitidez en sus fuertes brazos generados por la destrucción voluntaria además de los vestigios que dejan las sustancias venenosas que permiten soportar la triste acidez de este tipo vida.
¡Por fin¡ Divan Japonais, doncella de litografía hecha carne, quizá, no con la belleza burguesa parisina pero con la misma elegancia y finura de aquella dama de alta alcurnia, de voz afrodisíaca, suficiente para encantar a los clientes, a través de las letras de una balada: “She makes me wanna die, change my stride, then I’ll fly, look to the sun , see me in psychic pollution”, y, con algo de suerte, robarles lo que poseen en la tierra, el cielo y el infierno; de gestos femeninos, involuntarios, tan bien cuidados, que soslaya que su persona sea una duda del Dios Creador, un juego cubista que tomó al azar cuerpos geométricos vivos, de diversos géneros, para formar una criatura mitológica de sexos mutuos.
Con una aberración tan peculiar, es comprensible, que al entonar finalmente: “ Who do you think you are? You’re insignificant, a small piece, an ism, no more no less, you try to learn the universe, can’t even converse in uni-verse”, explotarán los aplausos masculinos que paulatinamente subieron en intensidad, como si entre más fuertes golpearan sus palmas mayor suerte correrían que la exótica diosa se fijara en ellos, no obstante, con indiferencia típica de artista, se bajó del escenario, debiendo soportar, una manada de hombres que le ofrecieron un trago o alguna proposición indecente bien remunerada, pero prefirió dirigirse, a taco firme, donde estábamos nosotros, y preguntar a Madam, con su particular voz, ¿tenemos nuevos clientes?, la apesadumbrada señora, hizo un gesto de negativa rotunda, pero no evitó una nueva indiscreción, agregando, ¿y este jovencito tan guapo?, (¿me habrá hablado a mi?) ¿por qué no me invitas un trago?. En tal momento de incomodad para mi chofer-guardia y de martirio para Madam, yo sólo sonríe a la virtuosa cantante para después extender mi mano hacia mi bolsillo y tomar una boleta y escribí:“una multa de 3 UTM, sólo por el espectáculo concedido”, se lo entregue a la dueña del burdel, y nos fuimos por el mismo pasillo oscuro y profundo, mientras se escuchaba a lo lejos, “muchas gracias jovencito”.