domingo, mayo 25, 2008

Aeropuerto (Metrópolis).


Aeropuerto-Iquique-Diego Aracena (desconocido). Pájaro con plumas de acero para 156 pasajeros. Ciento veinte mini-estrellas extraviadas titilantes en suelo desértico. Veinte mil pies de altura. Velocidad Crucero 800 Km /hrs. Trío de asientos carceleros. Vocabulario geométrico para ornamentar y advertir. Pasajeros sentados, formados y disciplinados. Distinción de clases: Ricos, ordinarios y desamparados. Aeropuerto-Santiago-Comodoro Arturo Merino Benítez (otro desconocido). Aterriza la morsa de plata con sus 156 pasajeros. Otros ciento veinte luceros parpadeantes guían el camino. Los viajeros desembarcan formados y adiestrados. Primero los ricos, segundo, los mediocres y finalmente los pobres.
Avanzó por la manga; por fin suelo continental. Una grabación usurpa, torpemente, un idioma extranjero:“Welcome to Santiago, It’s midnight and It makes fourteen degrees of temperatura. Have nice to stay in the city. Mismas palabras fueron pronunciadas, con mejor acento, en Charles de Gaulle y en el Aeropuerto de Zambia. Me traslado por las escaleras hasta el piso Nº 4. En dos minutos 25 segundos alcanzaré el desembarque, tiempo similar les ocupará a los viajeros del aeropuerto J. F. Kennedy abordar esa misma estación, siempre que sean naturales de la zona o de estirpe inglesa o japonesa (el terrorismo les rompió la lógica).
No importa cual sea el Terminal de Aviones, todos son productos involuntarios del más genuino mecanicismo, modelo perfecto de materia y dinámica. Habrá algunos con más luces, sonidos y colores, pero siguen siendo el mismo templo; idéntica masa y movimiento; el sueño de Galileo, Descartes y Leibniz, de alquimistas, deterministas y sistémicos; un armazón cibernético sin espíritu y valor.
El imperativo hipotético de su funcionamiento, no es complicado de entender, en realidad, los aeropuertos no fueron construidos para ser comprendidos, sólo obedecidos, quizás porque cibernética y política comparten raíz etimológica (Κυβερνήτης=timón).
El Aeropuerto de Pudahuel, representante legítimo del engranaje perfectamente ensamblado: flechas luminosas de neón, computadoras de pasillos, cintas transportadoras de pasajeros, maletas y cargas, expendedoras de café, radares, cámaras y escaleras mecánicas, conjunto inorgánico que guía, mueve y domina a miles de personas, siendo estos últimos meros insumos energizantes del sistema computarizado. Estructura ideal de narradores míticos, chiflados renacentistas y contemporáneos científicos; artesanos que emularon piezas muertas para trasformarlas en organismos robotizados, simuladores de la capacidad creadora de divinidades que a través de cables, hierros y botones suplantaron, primero, el músculo humano (incluyendo el cerebro) y, después, controlaron la naturaleza y el resto del universo. El hombre, esclavo anónimo del macro autómata, fuera de él, un ser inválido e inservible, cumpliéndose la profecía de un título mutilado, “Human use of Human Beings, Cybernetic and Society “.
Son las 12:30 de la noche y la estampida humana es guiada por flechas hacía la estación de desembarque, con precisión nanométrica, la correa transportadora despoja las maletas a los cómodos receptores. Primero el embalaje de marca (la computadora calcula que son hombres de negocio y sin tiempo de espera), seguido las de mayor peso (lectura electrónica que conjetura que son equipajes de padres de familia) y finalmente deportistas y estudiantes (cuyo calculo binario permite proyectar que la perdida de 5 minutos no afectará su rutina). Sin perjuicio de lo anterior, los rezagados son compensados con una copia sintética de café en grano colombiano tan pronto pase un ingenuo cerca de la expendedora. O una visita fugaz al sincrónico baño que encienden sus luces al percatarse que existe peligro de aglomeración en el andén de espera.
Ya han pasado 22 minutos. La computadora creyó que mi equipaje era de un hippie estudiante. Fui él último en la entrega. Las escaleras máquinas no funcionaban, hasta que una cámara diviso a una mujer obesa subiendo los escalones, con el objeto de evitar un accidente y multitudes innecesaria, la autómata envió el mensaje a la escalera N º 22 para que se moviera, aprovechando el aventón y recuperando algunos minutos.
Las puertas de salida se abrieron automáticamente a través de un sensor de movimiento, la odisea en el establecimiento (con pajeó mental incluido) me tomó 34 minutos (alabado sea Pascal y Leibniz por configurar el sistema binario de lectura dejando sin posibilidad la maldición del número impar).
Estoy afuera; vuelvo al caos sin planificación de la vida cotidiana. Muchedumbre, ruidos, choques de imágenes y olores nauseabundos. Pido un taxi. Doce mil pesos hasta Santiago Centro. No hay otra opción, aceptó el robo. Con esas desalentadoras características del exterior y quienes lo dominan, prefiero seguir siendo esclavo, o al menos, espectador del frío y gratuito mundo autómata y cibernético.

martes, abril 29, 2008

La Avenida (Un paréntesis. El borrador de un cuento)

Como bólido descarriado me hago paso entre la multitud que transita Avenida Baquedano. Obviamente, mi conducta revela que no soy un calculador asesino, ni tendré tiempo para aspirar revancha; hasta un pendejo ladronzuelo sabría que una enajenada carrera, en la remodelada Avenida, sería testigo delator de un crimen perverso.
No se por qué escapé al barrio inglés con tantos lugares para ocultarme; las cuevas del Marinero Desconocido, las canteras de Bajo Molle o las extensas playas del sector Sur; tantas opciones en la baraja de naipes y escogí la peor; quizás fue mi conciencia la que se vio acorralada y perdida, al igual que la Avenida, perdida en un tiempo que no lo pertenece pero igualmente la obedece; a lo mejor el inconsciente se dio por vencido y seleccionó este cementerio inmemorial de casonas aristocráticas para pasar mis últimos momentos de libertad o de existencia terrenal.
No puedo seguir corriendo; el cansancio, el miedo y la culpa tardía han compelido mi refugio en una vieja e ignorada casa de época, justo en el vértice que une calle Zegers con la restaurada Avenida. Esperanzadamente, me arrimó al alero de la olvidada construcción. Escudriño algún acceso no convencional, sea para arrastrarme o para trepar. Mi búsqueda es infructuosa, no hay forma alguna de poder parapetarme, su fachada hermética, cubiertas de barras en puertas y ventanas la convierten en propiedad inexpugnable, a pesar de los indicios de violencia provocada por la naturaleza y las manos de los vagos, no existe grieta alguna donde pueda deslizarse mi esquelética figura.
Desplomo mis hombros en señal de rendición. Mi cuerpo se desvanece hasta tocar el suelo. Instintivamente mi complexión toma posición fetal; las rodillas se doblan hasta estrangular mi cuello. Tengo frío pero no tristeza, la incertidumbre se acabó, ahora sólo tengo que esperar mi arresto o, en su defecto, la definición, por segunda vez, de mi arma compañera.
Intento nuevamente re-posicionarme en tiempo y espacio. Cuantas veces he pasado cerca de esta casa y nunca había reparado de su existencia. Físicamente similar a sus hermanas que la acompañan; caseríos de madera de mas de un siglo; construcciones de un solo piso con terrazas incluidas, con tinturas blancas y cremas para mantener la compostura y la elegancia de la época.
Mis abatidos ojos revisan escrupulosamente el contorno. La vista se escabulle entre las rendijas de una pequeña reja alcanzando a divisar las cenizas del malogrado Palacio Mujica, al parece la Avenida no pasa por tiempos felices, en ella fallecen un Palacio incinerado y una mansión olvidada, escogida, ahora, como mi guarida improvisaba.
Las pupilas vuelven al claustro que me sirven de amparo. La observó en silencio. Es una casa de un piso con cuatro columnas que la sostienen; el cielo se encuentra protegido con un oxidado recubrimiento de metal azulado, mismo material reviste de fuerza la pequeña reja que saluda a los ciudadanos en la entrada y que apercibe a los extraños en sus ventanas. Se destaca una amplia puerta de hierro artesanalmente forjada y unas húmedas tablas que dejan escapar el aroma del pino arrancado de las tierras de California a finales del siglo XIX. No necesito seguir observando, los indicios son suficientes. Ésta fue morada de familias adineradas, dueñas salitreras o agencias navieras.
Es medianoche y la policía no me encuentra; quizás el asesinato del regidor no era tan importante; a lo mejor deseaban deshacerse del déspota. ¿O acaso será esta casa la causa de la dilación injustificada?, ¿tan inocua es su presencia que su indiferencia es obligada?
Inquietante espera, oportunidad de ejecutar el resistido Plan B, porque de algo estoy seguro, quien la hace la paga, con cárcel o la vida. Ya no vendrán a buscarme será mejor que actúe mi amiga homicida.
En el instante que el revolver se aprestaba agrietar mi sien, se abrió el portón de metal, mostrando una mujer de media altura, firmemente erguida, envuelta en un vestido victoriano de copa ancha, acompañado de un corsé asfixiante pintado con un sugerente granate. La mujer vestida anacrónicamente, deslizó un sermón jocoso con acento extranjero: ¿Jovencito, qué hace Ud., en el suelo con esa cara de demacrado?, con el mismo ritmo y acento foráneo agrego: Levántese, entré a mi casa y celebremos la derrota del Campesino. Reconozco la sorpresiva invitación, jamás pensé que el crimen cometido tuviera tan buena aceptación entre la población. Con tal de no arruinar las festividades, decidí ingresar a la mansión.
Nuevamente el desconcierto, bastó unos pasos dentro de la casa para percatarme lo bien conservada que se mantenía. El piso flotante como espejo devolvía mi imagen desgarbada y las paredes recubiertas del más fino papel mural donde sólo los autorretratos con marco de bronce eran merecedores de ocupar.
Casi muero en el pasillo, por fin llegamos al salón. La fiesta se venía en grande en mi honor, los hombres vestían de traje y las mujeres tortuosos vestidos con armazón. Había música envasada en una resucitada vitriola Aeolian Company; fumaba cigarrillos Luis XV y bebían brandí y whisky escoses. Se hablaba de la amenaza gringa de Nitrate Agencies; de los nuevos clippers de la Lloyd’s Agency; del aporte a la guerra de Sir Jhon North y el desfile de los constitucionalista. De repente, mi guía interrumpió la música y la tertulia, pidió a un tal Montt, capitán de estatura baja, estructura maciza y prominente mostacho arengará, él vitoreó “viva el Congreso, la Patria y la Constitución”.Mi boca nauseabunda dijó: “jamás darán a Balmaceda su sitial”, al parecer no fue muy visto el comentario. Imprevistamente apareció un comensal, desenfundó su pistola y disparó contra mi persona.
Otra vez afuera de la casa. Fue una pesadilla. El frío y el hambre están haciendo estragos. Me duele la cabeza, no alcanzo ver con claridad, con dificultad noto unas gotas de sangre que corren frente a mis ojos; será mejor dormir y no volver.






Gabriel Ahumada.

domingo, marzo 30, 2008

La Torre de Babel II (De locuras, Fatalismos y otros Demonios)

No sabía que hacer, si retirarme o simplemente tomar mis palitos y enterrárselos en sus gargantas, pero decidí algo más “polite”, pregunte a Masae. ¿Por qué se están riéndose de mí? Ella contestó, risueñamente: No lo se, en realidad yo poco entiendo los idiomas que hablan, es más, me atrevo a decir que nadie, en esta mesa, entiende una palabra del otro, hay unos que hablan japonés, otros chino mandarin, otros taiwanes y otros coreano, así que es imposible saber lo que dicen. Al escuchar tal respuesta, simplemente, me quede enviudo en el vació propio de la ignorancia y después de hacer un ademán continué comiendo cerdo con soya mientras ellos seguían riéndose a morir.”(Martes, octubre 16, 2007 La Torre de Babel (De locuras, Fatalismos y otros Demonios) ).
Fue en ese momento que mi Subconsciente decidió tomar rumbo propio, escalando las ruinosas escaleras de Babel, girando, retorciéndose, adoptado una y mil formas para tomar las esquinas del acabado edificio, hasta llegar a su cumbre, desde la empinada terraza, o lo quedaba de ella, la Subconciencia reemplazaría a los dioses, o al menos lo imitaría burdamente, enjuiciando con soliloquio a mi y a demás los débiles mentales que ya yacían en el foso después del despojo: No comunicarse y logra el entendimiento mutuo, es el peor de las ignorancias, de aquellas que los filósofos terrenales, calificaban de culpable, con sentencia de muerte o al menos de servidumbre permanente por quienes si poseen ese magisterio. Recuerdo, Gabriel, una vez escribiste: “comunicación=signos+entendimiento=dominación, quien no comprende, no somete, y si no subyugas, mueres o te esclavizas”, (Martes, octubre 16, 2007 La Torre de Babel (De locuras, Fatalismos y otros Demonios) ).
Ergo, según tú y quienes te acompaña, el hombre está reducido a un manojo de signos, únicos o complejos, que manifiestan pensamientos, sensaciones y momentos ciegos; símbolos narradores de historias provincianas y pomposas, de muertes anónimas y utópicas, tallados de anillos de personas, pueblos y civilizaciones; lenguaje instrumento privativo de los seres humamos, “h
aus des seins”, sin lenguaje, no hay cobija para el alma, sin ella, arriesgas a perderla, quien carece de esencia, no merece morada entre los hombres.
Quizás, condenado mozuelo, deberías aceptar tu condición de paria dentro de la Polis, la incapacidad de dominar los menesteres del lenguaje, os permiten soslayar los vaivenes, odios y tristezas que embargan a vuestros seres; un sabio/rey/antiguo dijo: “quien añade ciencia, añade dolor y una inteligencia siempre hay grandes sufrimientos”, cuan cierto estaba aquel rey judío, los formalismos racionales han robustecido a políticos, juristas, escritores y científicos que para cumplir idealismos personales han sacrificado su propia felicidad y de quienes los rodean.

Así fue que algunos, deseando entender la magia de la vida a través de una simple formula minimalista estructural, C4H5N3O, fría y apática no coincidente con la fuerza y energía que brota de la existencia, pudieron rescribir el génesis de la evolución y; una vez encumbrados como falsos entes divinos también quisieron poseer la pluma que redactará el Apocalipsis, bastando una mezquina serie, E=MC2 para que calcinar el mundo en ira y violencia.
Te das cuenta, aún poseyendo doctrinas inmemoriales del lenguaje científico no pudieron manejar la vida ni la muerte, al contrario, ambas se han ido contra Uds., pidiendo el retorno del trono que los abyectos despojaron. Ahora los imputados viven temerosos de inventar otra sigla de vida o de muerte o, que descubran las ya transcritas con sangre en un rincón de sus adelantados sarcófagos, porque cuando los encuentren mis hermanos los condenarán al silencio eterno bajo cargo de usurpación de funciones, aún escucho al furioso Gilgamesh exclamar “¿Dónde ha aprendido la ignorante humanidad lo qué es una conducta de un dios”?; interrogante certera, la vida y la muerte, son propiedad exclusiva de quienes la poseen y no de aquellos a quién se las conceden, por tanto, su concepción y desarrollo son atribuciones que no puede ser suplantadas y quienes se atrevan hacerlo deben ser castigados, como ha sido demostrado en el devenir histórico de su mundo.

Entonces, Gabriel, atesora la barbarie, así no enfadaras a los dioses, al contrario, agradaran tus gestos hacia ellos, te concederán alegrías terrenales; obedece a tú Sófocles “únicamente con la ausencia de la sabiduría hace agradable la vida”, vive en la sima del oscurantismo y ten una vida afable y eterna a diferencia de los que usufructúan del lenguaje lógico-formal que saben que el conjunto de caracteres “finitos” simbolizan una idea, la expresión humana de su insignificancia, del término de su existencia y la incapacidad de alcanzar la inmortalidad.
Intempestivamente, apareció mi olvidada inteligencia, escaló los mismos muros de Babel hasta llegar a la terraza donde estaba mi Subconciencia, corrió raudamente hacia ella y, antes que pudiera ella hacer algo, la lanzo al abismo, en ese momento desperté, volví a la misma mesa con los comensales extranjeros, que seguían riendo de sabe qué cosa, no preste atención y continúe comiendo cerdo con soya.