martes, abril 29, 2008

La Avenida (Un paréntesis. El borrador de un cuento)

Como bólido descarriado me hago paso entre la multitud que transita Avenida Baquedano. Obviamente, mi conducta revela que no soy un calculador asesino, ni tendré tiempo para aspirar revancha; hasta un pendejo ladronzuelo sabría que una enajenada carrera, en la remodelada Avenida, sería testigo delator de un crimen perverso.
No se por qué escapé al barrio inglés con tantos lugares para ocultarme; las cuevas del Marinero Desconocido, las canteras de Bajo Molle o las extensas playas del sector Sur; tantas opciones en la baraja de naipes y escogí la peor; quizás fue mi conciencia la que se vio acorralada y perdida, al igual que la Avenida, perdida en un tiempo que no lo pertenece pero igualmente la obedece; a lo mejor el inconsciente se dio por vencido y seleccionó este cementerio inmemorial de casonas aristocráticas para pasar mis últimos momentos de libertad o de existencia terrenal.
No puedo seguir corriendo; el cansancio, el miedo y la culpa tardía han compelido mi refugio en una vieja e ignorada casa de época, justo en el vértice que une calle Zegers con la restaurada Avenida. Esperanzadamente, me arrimó al alero de la olvidada construcción. Escudriño algún acceso no convencional, sea para arrastrarme o para trepar. Mi búsqueda es infructuosa, no hay forma alguna de poder parapetarme, su fachada hermética, cubiertas de barras en puertas y ventanas la convierten en propiedad inexpugnable, a pesar de los indicios de violencia provocada por la naturaleza y las manos de los vagos, no existe grieta alguna donde pueda deslizarse mi esquelética figura.
Desplomo mis hombros en señal de rendición. Mi cuerpo se desvanece hasta tocar el suelo. Instintivamente mi complexión toma posición fetal; las rodillas se doblan hasta estrangular mi cuello. Tengo frío pero no tristeza, la incertidumbre se acabó, ahora sólo tengo que esperar mi arresto o, en su defecto, la definición, por segunda vez, de mi arma compañera.
Intento nuevamente re-posicionarme en tiempo y espacio. Cuantas veces he pasado cerca de esta casa y nunca había reparado de su existencia. Físicamente similar a sus hermanas que la acompañan; caseríos de madera de mas de un siglo; construcciones de un solo piso con terrazas incluidas, con tinturas blancas y cremas para mantener la compostura y la elegancia de la época.
Mis abatidos ojos revisan escrupulosamente el contorno. La vista se escabulle entre las rendijas de una pequeña reja alcanzando a divisar las cenizas del malogrado Palacio Mujica, al parece la Avenida no pasa por tiempos felices, en ella fallecen un Palacio incinerado y una mansión olvidada, escogida, ahora, como mi guarida improvisaba.
Las pupilas vuelven al claustro que me sirven de amparo. La observó en silencio. Es una casa de un piso con cuatro columnas que la sostienen; el cielo se encuentra protegido con un oxidado recubrimiento de metal azulado, mismo material reviste de fuerza la pequeña reja que saluda a los ciudadanos en la entrada y que apercibe a los extraños en sus ventanas. Se destaca una amplia puerta de hierro artesanalmente forjada y unas húmedas tablas que dejan escapar el aroma del pino arrancado de las tierras de California a finales del siglo XIX. No necesito seguir observando, los indicios son suficientes. Ésta fue morada de familias adineradas, dueñas salitreras o agencias navieras.
Es medianoche y la policía no me encuentra; quizás el asesinato del regidor no era tan importante; a lo mejor deseaban deshacerse del déspota. ¿O acaso será esta casa la causa de la dilación injustificada?, ¿tan inocua es su presencia que su indiferencia es obligada?
Inquietante espera, oportunidad de ejecutar el resistido Plan B, porque de algo estoy seguro, quien la hace la paga, con cárcel o la vida. Ya no vendrán a buscarme será mejor que actúe mi amiga homicida.
En el instante que el revolver se aprestaba agrietar mi sien, se abrió el portón de metal, mostrando una mujer de media altura, firmemente erguida, envuelta en un vestido victoriano de copa ancha, acompañado de un corsé asfixiante pintado con un sugerente granate. La mujer vestida anacrónicamente, deslizó un sermón jocoso con acento extranjero: ¿Jovencito, qué hace Ud., en el suelo con esa cara de demacrado?, con el mismo ritmo y acento foráneo agrego: Levántese, entré a mi casa y celebremos la derrota del Campesino. Reconozco la sorpresiva invitación, jamás pensé que el crimen cometido tuviera tan buena aceptación entre la población. Con tal de no arruinar las festividades, decidí ingresar a la mansión.
Nuevamente el desconcierto, bastó unos pasos dentro de la casa para percatarme lo bien conservada que se mantenía. El piso flotante como espejo devolvía mi imagen desgarbada y las paredes recubiertas del más fino papel mural donde sólo los autorretratos con marco de bronce eran merecedores de ocupar.
Casi muero en el pasillo, por fin llegamos al salón. La fiesta se venía en grande en mi honor, los hombres vestían de traje y las mujeres tortuosos vestidos con armazón. Había música envasada en una resucitada vitriola Aeolian Company; fumaba cigarrillos Luis XV y bebían brandí y whisky escoses. Se hablaba de la amenaza gringa de Nitrate Agencies; de los nuevos clippers de la Lloyd’s Agency; del aporte a la guerra de Sir Jhon North y el desfile de los constitucionalista. De repente, mi guía interrumpió la música y la tertulia, pidió a un tal Montt, capitán de estatura baja, estructura maciza y prominente mostacho arengará, él vitoreó “viva el Congreso, la Patria y la Constitución”.Mi boca nauseabunda dijó: “jamás darán a Balmaceda su sitial”, al parecer no fue muy visto el comentario. Imprevistamente apareció un comensal, desenfundó su pistola y disparó contra mi persona.
Otra vez afuera de la casa. Fue una pesadilla. El frío y el hambre están haciendo estragos. Me duele la cabeza, no alcanzo ver con claridad, con dificultad noto unas gotas de sangre que corren frente a mis ojos; será mejor dormir y no volver.






Gabriel Ahumada.