viernes, julio 31, 2009

Un parque, un aguacero y un abrigo. (Fragmento completo)




Santiago del Nuevo Extremo. Valdivia fue pitoniso al acuñar aquel apellido. En la Metrópolis resulta todo tan abultado y exagerado: su superficie, su población, la contaminación, las pandemias, las lluvias y el frio, ejemplos de una explosión aritmética imperfecta, infinita, sin restricción ni contrapesos.
La expansión se extiende también a los estilos de vida (o sobrevivencia), los rituales, las costumbres y malas costumbres, muchos de ellos importados de Gringolandia o Europa y convertidos a la realidad nacional popular. ¿Una ciudad copypaste?, ¿un rewind frustrado inglés o francés?, ¿secretismo de culturas? o ¿globalización resignada?, llámenlo como quieran, para mi no es tema, al menos por hoy no.
Este día polar saldré a pasear por Parque Forestal, a pesar que San Pedro castiga con azotes la Capital, igualmente, necesito deambular por el trazado lineal de la antigua arboleda, para distraer, dolores y ruinas. Sin perjuicio del poco optimista devenir, me siento seguro y protegido para enfrentar este sombrío día, ya que esta ocasión usaré mi viejo abrigo de piel. Este abrigo es una vestimenta peculiar, si bien, evidencia las lesiones propias del tiempo, las polillas y uno que otro accidente doméstico, se mantiene en buen estado, más aún, puedo afirmar que las imperfecciones impuestas por el trajín ordinario constituyen detalles finamente seleccionados que lo alejan de sus pares. De supuesta talla XL, gracias a su tecnología ex-soviética, permite ajustar sus gruesas fibras a contexturas más enjutas como la mía, o eso pareciera, al menos logra engañar a un par de ojos sanos o los infalibles lentes "poto" de botella. Sus materiales sintéticos no obstaculizan la perfección del corte ni la elegancia parisina que tanto nos gusta pavonearnos; pero sin duda, el toque de distinción (o exageración), lo otorga el bicho con pelos que rodea el cuello del traje; piel arrancada de algún animalito peludo coterráneo de países ex-comunistas olvidados, donde los reclamos de Peta y Greenpace son ignorados. Esa conjunción entre la simetría industrial y la singularidad animal me confiere seguridad y tranquilidad; la energía que emana del choque de esos dos antagonistas no sólo produce calor sino que también un escudo que rechaza el infortunio. Perfecto. Con esa certidumbre inicio mi caminata por los angostos caminos de Baquedano. Donde hubo prados, donde hubo plátanos, ahora hay graffitis y recuerdos de un cuadro nudista colectivo; las tertulias literarias de comienzos del siglo XX y las manifestaciones políticas de los 80' han sido desplazadas por malabarismos de neo hippies y estridentes recitales. En la mayoría de esos cambios ha estado presente mi abrigo pero sin sufrir variaciones radicales, ni en su complexión ni en su alma. Inmutable. El chaparrón intenta abatir mi camino. Las gotitas de agua consensuadas tratan de escabullirse por las rendijas del abrigo, pero éste, silenciosamente, los repele. Aunque no sólo debe despejar a una lluvia confabulada sino que también a los comentarios envidiosos de abuelitos frustrados; risotadas irónicas de escolares cimarreros y miradas audaces de comunes delincuentes, igualmente, todos ellos sucumben ante su imponente e infranqueable estructura. Invencible. Paró de llover. Debo volver al lugar de mi infinito descanso. Un rectángulo al vacío sustraído del limbo ha resguardardo la integridad de mi abrigo y el mio. Ahora asciendo y cierro mis ojos. Debemos recuperar fuerzas para otro incierto paseo. Acá nos quedaremos por un tiempo, fijamente colgados en un extremo del museo, para alivio nuestro, para goce de terceros. Admirable.

Ref: Gravado"Abrigo de Piel. Frente".
Autor: Claudio Bravo.