martes, noviembre 27, 2012

Mi sushi colorín (a)



Un (a) sushi colorín me capturó para torturarme. Azotarme con las piedras del amor famélico. Despojarme de mi corazón naufrago; crucificarlo para exonerar sus culpas marcianas. Pero no me importa, no quiero dejar los recuerdos/sufrimientos atrás. Revelaciones traicioneras, desempolven el futuro y reténgala.

Y el Lord Oscuro, espera mi alma a cambio de su regreso. ¡Please, prepárame para pelear por su reivindicación y asunción.¡

Algún día volveré a escuchar su jadeo-halo-inmoral. Perderme en sus hilos que dibujan su complexión pecosa. Rojo es mi ella/yo color de vida. Color que decidió pintar sobre mi incompleta existencia.

Y el Lord Oscuro, espera mi alma a cambio de su regreso. ¡Please, prepárame para arrodillarme y rogarle su vuelta.¡

Claustrofobia asfíxiame, cuando sienta que la pierdo. Claustrofobia asfíxiame, cuando la pierda. Claustrofobia asfíxiame, cuando sienta que la pierdo. Claustrofobia asfíxiame, cuando la pierda. Claustrofobia asfíxiame, cuando sienta que la pierdo. Claustrofobia asfíxiame, cuando la pierda … (Oigo cantar el coro: it feels like someone's missing, yeah it feels like someone's missing, it feels like someone's missing, yeah it feels like someone's missing…)






lunes, julio 02, 2012

El Accidente (Segunda Parte)



II
N° 1) El ambiente previo: dos autos, la familia, el alcoholizado, la autopista, luces, bocinas, ­extraños. N° 2) El Accidente.  N° 3) El ambiente ulterior: sin-autos, sin-familia (madre e hija tiradas en el asfalto), sin-alcohólico, autopista-tumba, silencio, ángeles, demonios y un botín.
-¡Mamá, ven, mamá¡…- fue la frase arrancada, del suspiro de vida restante, de la inocente accidentada. -¡Mamá, me duele¡…- 
-Tranquila mi niñita, tranquila. Acá está la mamá, contestó la progenitora, tan o peor maltrecha que su prole, extendiendo con esfuerzo su mano para acariciar la magullada cabeza de la pequeña. –¡Tranquila, amor, pronto terminará¡-.
Cronos, se apiada de la madre. Tiempo detenido. Permite que la mujer goce, no de su precaria existencia, sino la fugaz presencia de su hija. Mima esa cabecita, mortalmente rota, intentando, ingenuamente, que el sufrimiento de su descendencia se transmita hasta su cuerpo adulto, igualmente, abrumado por el dolor.
A esas últimas caricias se acompañan luchadas palabras de aliento: –“Tranquilita, mi vida, ya pasará, falta poquito”-. Al parecer resultan efectivas; la infanta desliza una sonrisa, quizás de alivio, quizás sólo por instinto.
El tiempo se acabó. Espectros negros distorsionados surgen en el escenario vacío. Se acercan a los infortunados, que parecen revivir, justo en el momento, que estos se les aproximan, lanzando un grito desesperado, un último grito. Las figuras fantasmales capturan a las víctimas y las arrastran hacia un pozo abismal que cavan en el mismo lugar donde los infelices perecieron.
La madre, tapa los ojos de la pequeña. No es una escena para una menor (menos moribunda). Entonces, aparece un espectro al costado de la criatura. – ¡No, ella no¡-, exigió la mujer. El mensajero se detiene; extiende (al parecer) su brazo y apunta hacia la madre. Sin vacilo contestó ella - ¡Si, yo¡-.  En ese mismo instante, se descubrió otra silueta borrosa, pero ésta era blanca y resplandeciente (cegaba al enfocarla con la mirada).
Con la llegada de esta otra aparición, el oscuro espectro construyó, como los demás, la profunda sima, tomó de una extremidad a la madre y la tiró hacia la tumba, descendiendo ambos por ese mismo abismo.
-¡Mamita, no me dejes sola¡- dijo agonizante la menor. La madre no alcanzó a dar respuesta a esa suplica (quién sabe lo que le hubiera dicho la madre a su hija en su momento de muerte).
La pequeña, pronto a fenecer, miró a la luminosa sombra y preguntó - ¿Quién es Usted, Señor?-. Esa figura, contestó parco: -¡Nadie¡- (creo que dijo eso o sólo fue una alucinación). Dicho esto, se abalanzo sobre la cría y desaparecieron, dejando atrás los vehículos destrozados, la sangre derramada y el letal infortunio.
Ergo (complemento frase final, Primera Parte), las armas las carga el diablo, las ciencias y Dios (inclusive).

sábado, junio 23, 2012

El Accidente. (Primera Parte)





 I
Un escenario traicionero, un paisaje ordinario: misma autopista, apáticos edificios, el ritual taco, resignado aburrimiento, la desesperación del arribo. Un cuadro diario que te provoca somnolencia y termina despertándote en el Otro Lado. La rutina disfraza la tragedia, la hace sorpresiva, rápida y, a veces, indolora.
Pero el momento en que los bólidos se deciden fusionar, el paisaje común desaparece. Una goma de borrar elimina la autopista, los edificios, los terceros indiferentes, el disco Pare violentado; se extingue todo bien tangible hasta lograr el vacío. Lo único que resalta es un complejo de tuercas, fierros y sangre que ensucian el universo blanco que los rodea.
El cronómetro deja de correr. Todo sucede de manera tan lenta, extendiendo la escena más allá de lo que las víctimas quisieran. Quizás, por lo forzado y previsible del final, es necesario alargar el evento para dar cierta falsa incertidumbre sobre el resultado. El sonido también calla.  Después del grito difunto, solo hay silencio. Una película muda en que sus participantes quieren romper pero la norma no se los permite.
Entonces, la colisión. Pura mecánica de Newton. Una bolsa de principios físicos y modelos matemáticos. No hay emociones sólo la fuerza (e indiferencia) de las ciencias. No tiene sentido imputar responsabilidades a aquel conductor en estado comatoso, cuyo exceso de cervezas del desahogo, no permitieron que divisará, a una distancia próxima, el disco Pare, ni al automóvil que se dirigía por la otra calle. Qué culpa tiene que en ese auto estuviera una familia, de esas convencionales (padre, madre y una infante), que tanto gustan a Dios, gobernantes y a la prensa. Es difícil creer que el desgraciado haya querido soslayar una regla de tránsito tan importante (vital), mucho menos asesinar a individuos anónimos. Simplemente ocurre; un empujón imperceptible de las leyes de la naturaleza y el desastre sobreviene.
Es increíble como acuerdan colisionar dos vehículos en el lugar y tiempo exacto; un convenio de aceleración, golpe y daño. Primero, el vehículo que desobedece el disco Pare, acelera, como si se percatara de la infracción y huyera para no ser sorprendido. Esa premura tempestiva permite coincidir con el móvil familiar, impactándolo justo en el borde lateral; zona abandonada de cuidados. Ahora son dos masas que se compenetran con intensidad; un acordeón que se va cerrando,  doblando, sin consentimiento, acero, quebrando vidrios, desgarrando plástico, chorreando bencina, sometiendo cualquier tipo sustancia líquido o sólido. Por unos segundos son uno. Luego, la materia se percata del daño provocado y comienza desintegrarse para alejarse de la zona de ataque, diseminándose en varios metros.
Pero los ocupantes de los autos no tienen posibilidad de huir. Al contrario, ellos deben presenciar el evento. Sólo después de los 0,8 a 0,10 segundos del impacto inicial, (lapso en que las víctimas observan el accidente y visualizan su pasado y futuro) los cuerpos chocan contra las estructuras internas del auto. Sus cabezas son azotadas con el látigo, de izquierda a derecha, una y otra vez, de izquierda a derecha, otra vez, de izquierda a derecha, de izquierda a…..hasta que la dinámica se aburre y lanza algunos cuerpos fuera de los automóviles y con otros se entretiene dentro del móvil.
La primera víctima en ser expulsado, con el objeto de que no lo persigan las culpas venideras, es el ebrio, quien es lanzado por el parabrisas para estrellarse con el otro vehículo, cumpliendo, protocolarmente, su fallecimiento con la fórmula matématica  escrita para el efecto (esto demuestra la imposibilidad del pobre tipo de evitar su muerte y de los que lo seguirán. La norma está escrita y debe cumplirse).
Continúan las leyes de la física con el automóvil familiar. El padre absorbe los metales evacuados por el auto agresor y por su auto. Muerte, relativamente, rápida. Estaba demás el cinturón y el airbag. La madre, como copiloto y, su hija, en el asiento trasero, son proyectadas como trapecistas, sin red de protección, fuera del vehículo, arrojados a través de las ventanas, directo al suelo. Una escena en stop-motion. Madre e hijas descienden juntas y estrellan sus cabezas contra el piso. Una mano maternal desesperada roza los dedos de la pequeña para entregar el último afecto. El último.
El Postulado: los reproches morales e imputaciones legales a los hombres por los resultados de un accidente automovilístico no son acertadas, ya que el verdadero culpable se encuentran en los axiomas de las leyes de la naturaleza cuyo determinismo lleva a que los mortales deban soportar las consecuencias de sus ecuaciones trágicas decimonónicas.
Las armas las carga el diablo..y las ciencias básicas también.

domingo, mayo 27, 2012

Dios cruza los dedos.....


Dios hizo al hombre y a la mujer. El hombre construyó a los robots. Los robots asesinan al hombre. La mujer destruye los robots. La mujer gobierna el mundo e intenta conquistar el cielo. Dios mata a la mujer. Dios nuevamente solo. Dios crea al hombre/robot y la mujer/robots. Dios cruza los dedos que ahora si resulte…(Dios no tiene buena suerte, porque no cree en la suerte)..

domingo, abril 29, 2012

Los Cordones/Culebras/Demonio.



Definitivamente, sirven para muchas cosas. Más allá de su uso ordinario, también puede ser requerido como soga para el ahorcado. Es cierto, mi suicidio es un testigo presencial de lo afirmado. Parecieran tan inofensivos e inocuos pero son artefactos letales para los desesperados.
No recuerdo bien cuándo fue, ni por qué, quizás habrá sido la infidelidad descubierta de mi pareja, mi fidelidad a los problemas económicos o simplemente un mal día. Sólo recuerdo, que había llegado, sin consuelo, hasta la gruta de mi Virgencita de los Pescadores Náufragos y me disponía a terminar mi lamento.
Creo, que aquella decisión de largarse de este mundo, voluntariamente, es una de las resoluciones más concretas e irrefutables que pude haber tomado, ni siquiera un titubeo, una duda, un cuestionamiento, era lo que había que hacerse y punto. Claro, los que aún están allá, piensan que fue una decisión apresurada, incorrecta y, sobre todo, irracional, pero desde cuándo la muerte tiene lógica.
Reconozco que en un momento me desanimé; no sabía cómo iniciar este proceso, sobre todo en aquel lugar desprovisto de todo instrumento homicida. Pensé subir a lo más alto de la gruta de mi Virgencita, pero desistí porque ella no tiene la culpa de mi desgracia y no quería que después la acusaran de cómplice de mi propio asesinato. Lo intenté, después, tratando de ahorcarme con mi correa imitación cuero. Lacee la correa a la vara central que cruzaba el entretecho de la pérgola que asiste el descanso de los peregrinos. Luego, formé una torre con las sillas que habían en lugar, hasta alcanzar la altura exacta entre mi cuello y el O mayúscula que dibujó el cinturón; metí mi cabeza, ajusté la correa lo más que pude, con el objeto de evitar alguna huida o arrepentimiento de última hora y me tiré al vacío.
No funcionó. No funcionó porque la hebilla no soportó el peso y se rompió. Ese es el problema de la piratería, no te asegura durabilidad.   
Debió ser frustrante. Obvio, fallaste en tu vida, móvil de tu resolución, y, ahora (ayer), fallas en la precisa instancia en que te despojarías de tu existencia para poner término a tus fracasos. Tuvo que ser frustrante. Pero la muerte se apiado de mí y llamó, nuevamente, mi atención.
Sentado en el suelo o, en las sillitas de la terraza, no lo recuerdo, mi mirada se dirigió hipnotizada hacia los cordones de mis zapatillas. Esas delgadas cuerdas comenzaron a moverse con un movimiento ondulado sin trayectoria previsible. Sorpresa, mis cordones se habían convertido en lombrices. No, espera, me equivoqué, eran serpientes, sí, eso eran, idénticas a las que uso el diablo para tentar Adán y Eva, las mismas que ahora (ayer) me instaban a no abandonar mi plan, ofreciendo ayuda gratuita y desinteresada.
Entonces, cogí al par de bichos y los puse sobre la vara del entretecho. Solitos rodearon la tabla, entrelazándose de tal forma que formaron una soga. Lista la cuerda viva, asome mi cabeza a la puerta del cordel y me encomendé al trabajo de las culebras. Ellas, al percibir mi cuello, iniciaron su movimiento circular, ajustándose, lentamente, a mi pescuezo. Ya estaba atado, ahora mi parte. 1, 2 y ... me lance, confiado que las culebras/cordones/demonio me sostendrían. Me sostuvieron. Pero igual me dejaron caer. Cómo explicarlo. No caí al suelo pero igual descendí. Ahora quiero subir y retroceder pero los cordones no me dejan (creo que nunca me desharé de ellos).
Ergo, les sugiero a todos aquellos cobardes que quieren eliminarse usen la técnica de las serpientes encubiertas de cordones. Es eficaz, sin revocación. El arrepentimiento no es una posibilidad.
(ADVERTENCIA. Este tipo de muerto tiene falencias. Si bien es eficaz, es bastante, lento, tedioso y doloroso. La expiración llega pero lentamente. Hay que armarse de paciencia, porque puede extenderse la agonía hasta 20 minutos. Al menos ese fue mi caso. Además, el dolor es punzante y desesperante, la soga artesanal se había colocado intencionalmente sobre la manzana de Adán, donde la asfixia se confunde con la incomodidad, lo único que esperas es que termine pronto ese suplicio.
Poco a poco, comienzas a perder la conciencia. También pierdes tu lengua, sabe a dónde enterrará. Tus ojos se van cerrando. Tu esfínter se va abriendo. Una fría rigidez se va apoderando de tus extremidades, acompañado de un irresistible cansancio. Súbitamente, tu organismo sucumbe al desaliento y se desvanece para siempre.  
El único recuerdo que tengo es un surco incompleto, oblicuo y muy profundo que tengo en mi cuello, que con el tiempo se ha puesto café oscuro, destacándose, como una medalla, del resto de la tez azulino de mi cuerpo.
Evite que esta muerte sea en presencia de terceros, sobre todo consanguíneos.)

martes, abril 17, 2012

Iglesia de nuestra Señora de la Divina Providencia


Fatídicos números impares; 27 de febrero, 03:34:17 AM, 00:02:45 de duración; movimiento desmoralizador, grito subterráneo; excarcelación del diablo; confabulación del infortunio, salvo, una falsa excepción, el sostén del muro de una Iglesia del siglo XIX; “Divina Providencia” alcance a invocar, cuando los endemoniados adoquines de barro castigaban mi cabeza hasta producir el daño que me obligó ascender (o descender, porque aún no veo a la Virgen, ni a Pedro ni a José).