domingo, abril 29, 2012

Los Cordones/Culebras/Demonio.



Definitivamente, sirven para muchas cosas. Más allá de su uso ordinario, también puede ser requerido como soga para el ahorcado. Es cierto, mi suicidio es un testigo presencial de lo afirmado. Parecieran tan inofensivos e inocuos pero son artefactos letales para los desesperados.
No recuerdo bien cuándo fue, ni por qué, quizás habrá sido la infidelidad descubierta de mi pareja, mi fidelidad a los problemas económicos o simplemente un mal día. Sólo recuerdo, que había llegado, sin consuelo, hasta la gruta de mi Virgencita de los Pescadores Náufragos y me disponía a terminar mi lamento.
Creo, que aquella decisión de largarse de este mundo, voluntariamente, es una de las resoluciones más concretas e irrefutables que pude haber tomado, ni siquiera un titubeo, una duda, un cuestionamiento, era lo que había que hacerse y punto. Claro, los que aún están allá, piensan que fue una decisión apresurada, incorrecta y, sobre todo, irracional, pero desde cuándo la muerte tiene lógica.
Reconozco que en un momento me desanimé; no sabía cómo iniciar este proceso, sobre todo en aquel lugar desprovisto de todo instrumento homicida. Pensé subir a lo más alto de la gruta de mi Virgencita, pero desistí porque ella no tiene la culpa de mi desgracia y no quería que después la acusaran de cómplice de mi propio asesinato. Lo intenté, después, tratando de ahorcarme con mi correa imitación cuero. Lacee la correa a la vara central que cruzaba el entretecho de la pérgola que asiste el descanso de los peregrinos. Luego, formé una torre con las sillas que habían en lugar, hasta alcanzar la altura exacta entre mi cuello y el O mayúscula que dibujó el cinturón; metí mi cabeza, ajusté la correa lo más que pude, con el objeto de evitar alguna huida o arrepentimiento de última hora y me tiré al vacío.
No funcionó. No funcionó porque la hebilla no soportó el peso y se rompió. Ese es el problema de la piratería, no te asegura durabilidad.   
Debió ser frustrante. Obvio, fallaste en tu vida, móvil de tu resolución, y, ahora (ayer), fallas en la precisa instancia en que te despojarías de tu existencia para poner término a tus fracasos. Tuvo que ser frustrante. Pero la muerte se apiado de mí y llamó, nuevamente, mi atención.
Sentado en el suelo o, en las sillitas de la terraza, no lo recuerdo, mi mirada se dirigió hipnotizada hacia los cordones de mis zapatillas. Esas delgadas cuerdas comenzaron a moverse con un movimiento ondulado sin trayectoria previsible. Sorpresa, mis cordones se habían convertido en lombrices. No, espera, me equivoqué, eran serpientes, sí, eso eran, idénticas a las que uso el diablo para tentar Adán y Eva, las mismas que ahora (ayer) me instaban a no abandonar mi plan, ofreciendo ayuda gratuita y desinteresada.
Entonces, cogí al par de bichos y los puse sobre la vara del entretecho. Solitos rodearon la tabla, entrelazándose de tal forma que formaron una soga. Lista la cuerda viva, asome mi cabeza a la puerta del cordel y me encomendé al trabajo de las culebras. Ellas, al percibir mi cuello, iniciaron su movimiento circular, ajustándose, lentamente, a mi pescuezo. Ya estaba atado, ahora mi parte. 1, 2 y ... me lance, confiado que las culebras/cordones/demonio me sostendrían. Me sostuvieron. Pero igual me dejaron caer. Cómo explicarlo. No caí al suelo pero igual descendí. Ahora quiero subir y retroceder pero los cordones no me dejan (creo que nunca me desharé de ellos).
Ergo, les sugiero a todos aquellos cobardes que quieren eliminarse usen la técnica de las serpientes encubiertas de cordones. Es eficaz, sin revocación. El arrepentimiento no es una posibilidad.
(ADVERTENCIA. Este tipo de muerto tiene falencias. Si bien es eficaz, es bastante, lento, tedioso y doloroso. La expiración llega pero lentamente. Hay que armarse de paciencia, porque puede extenderse la agonía hasta 20 minutos. Al menos ese fue mi caso. Además, el dolor es punzante y desesperante, la soga artesanal se había colocado intencionalmente sobre la manzana de Adán, donde la asfixia se confunde con la incomodidad, lo único que esperas es que termine pronto ese suplicio.
Poco a poco, comienzas a perder la conciencia. También pierdes tu lengua, sabe a dónde enterrará. Tus ojos se van cerrando. Tu esfínter se va abriendo. Una fría rigidez se va apoderando de tus extremidades, acompañado de un irresistible cansancio. Súbitamente, tu organismo sucumbe al desaliento y se desvanece para siempre.  
El único recuerdo que tengo es un surco incompleto, oblicuo y muy profundo que tengo en mi cuello, que con el tiempo se ha puesto café oscuro, destacándose, como una medalla, del resto de la tez azulino de mi cuerpo.
Evite que esta muerte sea en presencia de terceros, sobre todo consanguíneos.)

martes, abril 17, 2012

Iglesia de nuestra Señora de la Divina Providencia


Fatídicos números impares; 27 de febrero, 03:34:17 AM, 00:02:45 de duración; movimiento desmoralizador, grito subterráneo; excarcelación del diablo; confabulación del infortunio, salvo, una falsa excepción, el sostén del muro de una Iglesia del siglo XIX; “Divina Providencia” alcance a invocar, cuando los endemoniados adoquines de barro castigaban mi cabeza hasta producir el daño que me obligó ascender (o descender, porque aún no veo a la Virgen, ni a Pedro ni a José).